El lugar más in de la costa peruana ha dejado de ser el archiconocido Máncora, para trasladarse a una península 240 km al sur de Lima que es parte de una zona reservada marina. Gracias a millonarias inversiones hoteleras ha renacido el interés por la oferta turística de Paracas que no es solo hermosas playas.

La costa de Paracas es el parque de diversiones del viento. Sus orillas son azotadas por constantes ráfagas del sur que se cuelan sin permiso en los pulmones. Un soplo divino empuja en perfecta armonía al mar, las rocas, la arena, las nubes, los animales, las plantas, las estrellas, el sol y la luna. Millones de años de ese aire travieso han modelado una costa de rugosos farallones que enfrenta al océano en zigzag. En esos temibles acantilados que se hunden en el mar anidan graciosos pájaros. El más elegante es el zarcillo. Su traje combina sobriamente tonalidades de grises con el rojo de sus patas y su pico. Pinceladas blancas y amarillas cerca de sus ojos y en la cola completan el llamativo modelo. El ave que más fácilmente se puede apreciar es el gallinazo de cabeza roja, amo y señor, -cuando no son los cóndores que bajan desde la sierra para pelearles el fiambre-, de la carroña paraquense.

En esta desértica costa se asentaron hace cientos de años, peruanos que aprovecharon con sabiduría lo que les ofrecía la mamacocha (la diosa marina de los antiguos) y el fértil valle de Pisco. La cultura Paracas (1300 aC – 200 dC) ha dejado como prueba de su existencia, momias envueltas en telares que presentan complicados bordados de laberínticas líneas. Hay mucho de geometría y fantasía en esas extrañas figuras antropomorfas que portan cabezas trofeo en sus cuatro manos y procrean de sus bocas, serpientes, aves y peces. Los textiles transmiten un mensaje filosófico, religioso e ideológico que trasciende a la vida y refleja la idiosincrasia de una cultura que se abrió paso en un difícil espacio geográfico.

Los Paracas quedaron olvidados durante siglos hasta que, en 1924, los saqueadores de tumbas o huaqueros empezaron a ofrecer, en el mercado de antigüedades de Lima, unos telares que fascinaron a los arqueólogos Julio C Tello y Samuel Lothrop. Pronto averiguaron que venían de un lugar cerca de Pisco, Ica, región donde queda la península, y se dirigieron hacia allá. Cuando llegaron al lugar encontraron que la superficie del terreno estaba llena de forados, con restos humanos y tejidos desparramados por todas partes. Llenaron al tope su vehículo con todo lo que recuperaron y regresaron con esa carga fantasmagórica a iniciar los estudios científicos de esa cultura fascinante. Al año siguiente Tello y su ayudante Toribio Mejía Xesspe encontraron entierros intactos.

No lejos de donde dormían su sueño eterno esas momias, está el modesto Paracas, un pueblo que solo se altera en las mañanas cuando cientos de turistas llegan al puerto de El Chaco para visitar las islas Ballestas, un refugio de distintos tipos de aves guaneras como el piquero, el guanay y pelícanos. Es también el lugar preferido de los lobos marinos, los cormoranes, los cuervos de mar y los pingüinos de Humboldt.

Conchas griegas

Una gran bahía se forma entre la costa que ocupa el pueblo y la cabeza de la península. En medio de esa entrada de mar está la pacífica Playa Atenas que tiene como único inquilino a El Griego: un personaje que cocina a la parrilla conchas de abanico bañadas en un aliño mediterráneo que combina increíblemente con el fresco sabor del molusco. Muchos de sus clientes llegan de los elegantes cinco estrellas que se han inaugurado hace unos meses cerca del pueblo. El que era el antiguo y tradicional Hotel Paracas es ahora el moderno Libertador. A pocos kilómetros, el Hilton ofrece un ambiente de spa caribeño de última generación, mientras que La Hacienda hace honor a su nombre campestre. La clase alta limeña ya no solo se queda en Asia, a 100 km al sur de Lima, para encontrarse con el mar; sino que recorre 140 km más para disfrutar de las novedosas opciones de Paracas. Los servicios de estos completos hospedajes incluyen las motos náuticas con las que rápidamente se puede llegar a la rústica ramada de El Griego. Desde allí se observan, para un lado, el pueblo que crece día a día, las chimeneas de las industrias y los diminutos hoteles; para el otro, el perfil de roca y arena de la península: un lugar donde el desierto no lo es tanto. Las solitarias llanuras están alfombradas con negras piedras que se desintegran al ritmo de la eternidad; el viento ha formado mini mesetas que parecen puertos abandonados de naves espaciales. Hay colinas hechas de diminutas rocas que pronto se convertirán en arena; hay suaves pendientes de granos perfectos donde los pies se hunden desordenadamente y otras donde la tierra tiene la consistencia de la harina y cubre la piel con una costra de polvo. Una cadena de cerros rojos atraviesa el corazón de la península y se impone en el horizonte como una imperfecta cicatriz.

Sueños de aventura

Sobre estas arenas de colores que se refrescan en un mar turquesa, hay posibilidades para todos los gustos. Las condiciones del viento hacen posible que la bahía sea fecha obligada en los campeonatos nacionales de windsurf y de veleros. Asimismo, en la isla San Gallán, frente a la playa Culebras, en el punto más occidental de la península, se forma una ola cinco estrellas que muchos consideran la mejor para surfear en el Perú. En tierra firme, la aventura continúa. A una hora de Paracas está el desierto de California, donde los areneros suben y bajan, a velocidad de montaña rusa, las faldas de las dunas. En medio de ese paisaje de ondas beige hay una laguna rodeada de totora que a comienzos de siglo era la guarida de un delincuente que apellidaba Morón y acostumbraba a repartir sus botines entre el pueblo. Sobre los imponentes cerros de arena que esconden al oasis puede practicar sandboard o simplemente sentarse a disfrutar de un cálido y tranquilo atardecer.

 

Publicado en el número 6 de la revista Play Perú.

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