El gran Camino Inca

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Durante cuatro días recorrimos una de las rutas de montaña más solicitadas del mundo. A nuestro paso vimos valles, cerros y bosques, donde se asoman sitios arqueológicos cuya ubicación da vértigo.

DÍA 1: EL VALLE
El Camino Inca tiene algo de mítico. Todos conocemos a alguien que lo haya hecho o lo vaya a hacer, y cuando hablamos de él surge un deseo de querer realizarlo en algún momento de la vida. Voy por primera vez, invitado por Piero Vellutino, director de la agencia Terra Explorer Perú, acompañado de 19 estadounidenses, 5 guías, 4 cocineros y 34 porteadores provenientes de Huilloc, una comunidad de textileros ubicada en las alturas de Ollantaytambo.

El primer día es suave. Comenzamos en el kilómetro 82 de Piscacucho. Caminamos siete horas entre desniveles de 2.800 y 3.000 m.s.n.m., casi siempre paralelos al río Urubamba y a las vías del tren, hasta llegar a nuestro primer campamento en Huayabamba.

En gran parte del camino nos acompañan chacras de cultivo y algunas casas que han sido acondicionadas para vender agua, galletas, bebidas hidratantes y frutos secos. También pasamos por sitios arqueológicos como los de Llaqtapata y Willkarakay, que nos adelantan los alucinantes lugares que iremos encontrando en los siguientes días.

DÍA 2: LAS SOMBRAS
En la sierra, pasar un abra es como un pequeño rito de iniciación. Se marca con torrecitas de piedras o apachetas y la alegría por su ascensión se acompaña con abrazos y regalos. Así fue este segundo día cuando coronamos, tras cuatro horas de caminata, el abra Warmiwañusca, a 4.200 m.s.n.m. Atravesamos bosques de queñuales y colles, rodeados de helechos y flores, hasta llegar a las grandes explanadas de los cerros donde las sombras se mueven con mil formas diferentes según la posición del sol.

Esas laderas parecen cubiertas de caracteres chinos que van y vienen mientras el azul del cielo se impone ante todo. Tras el abra comienza un largo y majestuoso descenso por un camino empedrado y con muchas escaleras que nos introduce en el corazón de las montañas. Este es el día más exigente, con empinadas subidas y bajadas, pero la excelente comida gourmet de los campamentos y el sueño reparador a 3.600 metros de altura en el Pacaymayo Alto te dejan listo para entrar al ecosistema del bosque de nubes, mi tramo preferido del camino.

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DÍA 3: LAS NUBES
Nunca he visto tal diversidad de musgos de colores como los de aquel día.

Un pequeño grupo salimos del camino y entramos en un bosque que parecía de duendes y pequeños dinosaurios. Durante una hora caminamos, como flotando, sobre una manta de musgo rojo, amarillo, verde y blanco, rodeados de árboles enanos y retorcidos de polylepis, cubiertos de líquenes y helechos. Estábamos en el bosque de nubes, el último tramo antes de llegar a Machu Picchu, donde las nubes aparecen y desaparecen como por arte de magia.

Nuestro campamento, Phuyupatamarca, nos espera en la punta de un cerro a 3.620 m.s.n.m., a poco más de una hora de este bosque encantado. Durante todo el día cruzamos sitios arqueológicos ubicados en pendientes muy verticales y ocultas entre la vegetación, en los lugares más inverosímiles que uno pueda imaginarse.

Mientras avanzamos todo se vuelve más verde, más húmedo y más denso. Fue el mejor día, con una caminata suficientemente exigente y una naturaleza salvaje y misteriosa que no nos deja un solo momento.

Desde nuestro campamento de Phuyupatamarca la vista de los valles y las montañas es única. El atardecer ilumina de amarillo las nubes, mientras los cerros se vuelven negros por las sombras, y en la mañana temprano, el sol colorea el mundo progresivamente, desde las puntas de los nevados hasta las partes más ocultas de los valles. Por ello, el mejor Camino Inca es el que incluye dormir en Phuyupatamarca y no en Wiñay Wayna, el último sitio arqueológico que hay antes de llegar a Machu Picchu, una pequeña ciudadela ubicada en la pared de un cerro vertical.

DÍA 4: MACHU PICCHU
La entrada por el Inti Punku o Puerta del Sol da una perspectiva única. Al final, el territorio que has recorrido durante cuatro días se ve como una gigantesca mano extendida en la que los nudillos son los enormes nevados Salkantay, Pumasillo y Verónica, los dedos son las cordilleras que penetran hacia la selva virgen y entre ellos se ubican los profundos valles. Machu Picchu es el final de nuestro camino, la ciudadela que usaron los incas como lugar de descanso por la calidad de sus aguas, el clima y su cercanía al bosque tropical.

EPÍLOGO
Luego de esta travesía regreso renovado y descansado. Al final, las montañas y la naturaleza te dan algo que las grandes ciudades, con todos sus servicios, no son capaces de lograr. El encuentro contigo mismo y tu físico, la experiencia del silencio y el espacio, y una naturaleza, que sin pedir nada, todo te ofrece.

Por: Iñigo Maneiro – Vamos!

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