Viaje por el Colca

Cuando llegué al Colca por primera vez me llamaron la atención los sombreros. Desde entonces los colecciono de diferentes partes del Perú. En el Colca hay dos tipos: uno de ellos es blanco, duro, hecho con fibras vegetales y está adornado con lentejuelas y espejitos. Lo usan los collaguas, la población de origen aymara que vive en la parte alta del valle, dedicada al pastoreo de camélidos y ovejas.

El otro sombrero es oscuro y recargado de bordados de colores que representan truchas, vizcachas y colibríes. Es el sombrero de los cabanas, el pueblo quechua que vive en la parte baja y se dedica a la agricultura y a los frutales. Ambas etnias se mezclan en Chivay, el lugar al que se llega desde Arequipa después de recorrer unos 170 kilómetros y atravesar el abra de Patapampa, el punto más alto del viaje a 4.900 m.s.n.m y mirador natural del valle y de los nevados que lo rodean, como el Ampato, el Chachani o el Mismi, lugar donde nace el Amazonas.

NATURALEZA Y TRADICIÓN
Chivay es uno de los principales destinos turísticos del Perú y es el punto de partida para todas las expediciones, excursiones y actividades que podemos vivir en el gran cañón.

Lo mejor del viaje al Colca es, precisamente eso, recorrer los pueblos, entrar en sus cuevas, montar a caballo entre los campos de cultivo, visitar a los artesanos y a los artistas del bordado y después, si hay tiempo, hacer la convencional visita al mirador de cóndores de Cabanaconde.

Todo empezó hace unos ocho mil años, cuando se asentaron los primeros grupos humanos en las partes altas del Colca. Llegaron persiguiendo camélidos. Estos hombres y mujeres dejaron muestras de su vida en las pinturas rupestres y en los petroglifos de la cueva de Mollepunku, ubicada junto a los castillos de piedra de Callalli y ruta de paso para uno de los viajes más hermosos que se pueden hacer en camionetas 4×4, el que une Colca y Lampa, por la carretera de Ocuviri que acaricia nubes, alpacas y lagunas. Desde entonces, durante siglos, se han ido creando redes comerciales entre la parte alta y la baja con intercambio de productos: carne y lana por cultivos y frutas. Estas grandes rutas llegaban más allá, hasta el mar, largos viajes de hasta un mes de duración para recolectar conchas y pescados que se usarían después en pagos a la tierra, las primeras, y en la alimentación humana, los segundos. Estos caminos siguen funcionando hoy y muchos de ellos he tenido la oportunidad de recorrerlos en bicicleta, caminando o a caballo con el mejor operador del Colca y gran compañero de viaje, Pedro Samayani.

EL RÍO QUE DA FORMA
La población humana se fue asentando en las diferentes partes del valle hasta formar los 15 pueblitos con que cuenta hoy el Colca y que vienen del mismo número de encomiendas formadas por los conquistadores españoles cuando llegaron hacia 1570. Cada uno de ellos posee una iglesia, de estilo barroco o renacentista, recientemente restauradas por la Cooperación Española después de años de abandono y saqueos. Estos pueblos se asientan junto al gran cañón que forma el río Colca, el más largo de los que dan al Pacífico y que moldea un paisaje único en diversidad y naturaleza. Es en la parte alta, cerca del pueblo de piedra de Sibayo, donde se puede apreciar cómo las aguas han esculpido las rocas logrando que el Colca sea el cañón más profundo del mundo en competencia directa con el de Cotahuasi, que está también en Arequipa.

Los pobladores, durante siglos, también supieron moldear las montañas, construyendo más de ocho mil hectáreas de andenes y canales de cultivo que se utilizan hasta hoy. Sus productos agrícolas se almacenan en colcas o depósitos de piedra, algunos instalados en las partes más inaccesibles de los cerros y montañas que se mantienen como fieles guardianes de un valle amplio y generoso.

Por: Iñigo Maneiro – Vamos!

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