Písac, Templo del control

Luego de haber vencido a los fieros chancas en el siglo XV, Pachacutec se apropió de la hacienda de Pisac y la transformó en un magnífico centro de control imperial que aún puede ser visitado a solo 33 km del Cusco.
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El imperio crecía y el hambre también. Para no quedarse sin tierras fértiles, los incas desafiaron ese papel arrugado que es la sierra peruana e intentaron convertirla en escaleras cultivables que llegaran lo más cerca posible a los dioses. Pisac era un importante puesto religioso, agrícola y militar, donde se controlaba la producción. El sistema imperial movilizaba a miles de esclavos para que transformen cerros sin ayuda de maquinaria pesada. Ellos moldearon las pixeleadas faldas de las montañas en Pisac, un símbolo de lo que eran capaces los descendientes de Manco Capac.

La ruta empieza en el pueblo del mismo nombre, fundado por los españoles, y que entre sus atractivos tiene una bonita iglesia; unos cuantos hornos coloniales, donde aún se preparan sabrosos panes y crocantes cuyes; y una feria de artesanía. Las calles siempre tienen gringos de todas las edades y estilos, que pululan con guías bajo el brazo que parecen tener todas las respuestas.

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Detrás de las torres de la iglesia se observan las imponentes terrazas que preceden a las construcciones que conforman el templo prehispánico. Se puede llegar de dos formas: caminando, lo que significa trepar los andenes hasta donde le dé el físico; o tomando un taxi, que por 15 soles lo puede llevar hasta lo más alto del cerro. Si opta por la segunda opción, empezará desde las colcas o almacenes que contenían los productos secos y las telas que eran la verdadera riqueza del imperio. Cerca de allí hay un olvidado cementerio con tumbas cavadas en las paredes. Hoy, los riscos muestran decenas de huecos que han sido el botín de huaqueros.

Recorrer Pisac es encontrarse en cada pliegue del cerro con los instrumentos de control que tenían los incaicos. Se recorren caminos al borde de precipicios y se suben escaleras que llevan a ingresos de una sola puerta de piedras. Aún se distinguen varios torreones derruidos sobre las salientes de la montaña. Uno de los principales puestos de vigilancia cuenta con cuatro grandes ventanas que ofrecen una vista de 270 grados. Desde allí se observa el verde Valle Sagrado de los Incas (en mayo), partido por el río Urubamba que aún corre en línea recta (tenía un cauce de piedras cuando llegaron los invasores españoles); y que desembocará en el potente Ucayali.
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Cerca del templo principal –donde hay un Intihuatana- un canal de agua cristalina desemboca en una poza que más parece un jacuzzi real con escaleras de piedra. Allí deben haber retozado las acllas junto a los sagrados sacerdotes. Allí debió sentarse el gran Pachacutec a beber chicha y observar su monumental obra basada en la energía de los hatun runa.

Pisac es solo el principio del Valle Sagrado, un corredor de clima agradable y tierras fértiles que fue estratégico para los incas y que, hasta nuestros días, es la gran despensa de la ciudad del Cusco.

Por Ricardo Ráez.
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