Pachacámac, sorpresas a tiro de piedra

¡Caramba! Desde aquí la vista es privilegiada. ¿Debo bajar por la pared? Uhmm, ¿Puedo pensarlo? Pero me atreveré. Soy de esos que les vacila retos como este y me lanzo. Son más de 25 metros, rodeado de vegetación. Una experiencia de verdad adrenalínica. Estoy cerca de Lima, a unos pasitos, en Pachacámac. Es invierno y los cerros de por acá se han vestido de verde, de infinitas tonalidades de verde. ¡Hey allí miren! ¡Un águila costeña! Y claro las Lomas de Lúcumo, como cada año, religiosamente, se llenan de vida.

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Siempre hay una primera vez para todo. Y ahora es mi primera vez en Lúcumo. ¿Porqué Lúcumo? Katherine Nizama, una jovial guía de Quebrada Verde, la comunidad que cuida las lomas, me comenta: “Hace ya varios años existían acá una gran cantidad de árboles de lúcuma” ¿Puedo saber donde están? Lógico, como suele suceder cuando el ser humano ronda cerca; de esos sólo quedan un par repartidos por algún rincón y ubicarlos es algo así como buscar una aguja en un pajar. Por allí deben estar, suponemos que sí. Otra pregunta ¿Lomas? ¿Pero, qué es eso? Les explico. Las lomas son un ecosistema muy particular de la costa. El lúgubre, gris y húmedo invierno de Lima no sólo es para correr, tiene sus cosas buenas y una de ellas es justamente esto de las lomas, pues él hace propicio este milagro verde. Las lloviznas y la espesa neblina que trae consigo provocan la transformación de los cerros cercanos al mar generando esta explosión de vida vegetal y animal. Pero esto es estacionario. ¿Estacionario? Así es, sólo lo podrán apreciar, supuestamente, entre los meses de agosto hasta la primera semana de enero quizás. Digo supuestamente porque este 2010, la temporada se adelantó, pues ya hubo lomas verdes desde; ¡junio! Y el año pasado, 2009, la temporada se prolongó hasta más allá de enero. ¿Cómo le dicen? Ah claro, cambio climático ¿no?

La caminata por el lugar es bastante llevadera. Sorprende que mientras más nos adentramos en este reino neblinoso, aunque este día se ha presentado particularmente soleado, van emergiendo de la tierra caprichosas figuras que le dan un toque particular y se entremezclan entre la famosa flor de Amancaes, arbustos de Mito, harto tabaco silvestre, diversidad de musgo y líquenes pegados a las piedras. “Mamá mira arriba el rostro del inca y a su costado el español” grita un niño entusiasmado por la forma de las enormes rocas de uno de los cerros. “Juan, este es un socavón de una mina abandonada, dicen que acá, hace ya muchos años, se extraía oro y plata” y Katherine me señala una especie de boca horadada en la roca. Además, en el camino, restos de antiguas casas pétreas, corrales y algún tipo de piedra para sacrificios se resisten a desaparecer, a pesar del tiempo.

Llegamos a una de las cimas de las lomas, desde aquí dominamos la gran amplitud de esta parte del valle del río Lurín, en lontananza se despliega el pueblo de Pachacámac. Pero un poco más allá, el reto. Estamos en el farallón, una formación rocosa que se precipita a un gran abismo de algo más de 25 metros de verticalidad. Las cuerdas están ya ajustadas y todo está a punto. A rapelar. ¿Cómo? ¿Y el camino de bajada no es por el sendero? Esta vez no, el camino ahora es la pared de roca, el precipicio. Ya lo dije, reto es reto. Así que mi ánimo está a tope. Y me lanzo a bajar en rapel por ese bendito farallón. Sólo hay una frase para describir la experiencia: ¡Lo máximo!

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¡Caramba! Van a ser las 7 de la noche. Me dicen que aún hay más. Se brindará una ofrenda a la Pachamama, la madre tierra, en agradecimiento por todas sus bondades. Pienso que no sólo debe ser en agradecimiento, sino también disculpándonos por todo lo que le hemos hecho, que no ha sido poco. La ceremonia es solemne. El sonido del pututo rompe la noche y el fuego sagrado del altar titila entre la oscuridad. ¿Recibirá la Pachamama con beneplácito las ofrendas de hojitas de coca, granos, chichita de jora y demás que se le han ofrecido? De pronto, una leve garúa cae del cielo empapando todo alrededor. La madre se ha manifestado. Espero que con beneplácito.

Ahora sí, la noche ha avanzado, son casi las diez. Parto de regreso a mi ciudad, a menos de una hora. ¡A menos de una hora! Esta maravilla. Como decía el maestro Ruben Blades, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, acá yo diría las lomas te dan sorpresas, sorpresas te dan las lomas. Es que es así, como tan cerca de Lima, a sólo unos 50 minutos, tenemos este singular paraíso. Qué bien guardadito se lo tenía el Apu Pachacámac. Bien por eso.

Más fotos en: http://www.flickr.com/photos/tnavarro19/sets/72157624592025791/
Textos y Fotos: Juan Puelles

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