Las amenazas y oportunidades del turismo receptivo

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La noticia de que el Perú ha mejorado su posición en el importante Country Brand Index 2009 es, sin duda, muy alentadora. No solo porque implica que el turismo receptivo se está incrementando, sino porque ratifica que nuestro país posee suficientes atractivos para que esa pujante industria generadora de divisas siga creciendo de manera sostenida.

El ránking, elaborado por la consultora internacional Future Brand, proporciona importantes indicadores que el Gobierno Peruano tiene que tomar en consideración, sobre todo ahora que se encuentra abocado a definir una marca país que represente qué somos como colectividad, hacia dónde vamos como nación en desarrollo y cómo queremos ser reconocidos en el mundo.

Es claro que las mejores posiciones del Perú se vinculan, sobre todo, con la imagen que proyecta como país auténtico, respecto de sus raíces ancestrales y tradiciones, así como por su rica historia. No olvidemos que nuestro país es uno de los pocos del planeta considerados como “cunas de civilización”. Según este índice, solo nos superan en este terreno naciones milenarias como Japón, India y Egipto.

Nuestra popularidad y atractivos descienden —de manera explicable— cuando se miden variables relacionadas con el arte y la cultura, ámbitos en los que cuales estamos en el puesto siete, por debajo de Italia, Francia, India, Japón, Grecia y Egipto, naciones que han sabido preservar sus vestigios y sus manifestaciones artísticas, música y arquitectura, y que hoy gozan de los beneficios de un turismo intenso.

Igualmente, bajamos al noveno lugar cuando se trata de la belleza natural, rubro en el que Tahití, Costa Rica, Canadá, Nueva Zelanda, Fidji, Sudáfrica, Belice e Irlanda llevan la supremacía no solo porque poseen espacios naturales indescriptibles, sino principalmente porque los han sabido conservar y mantener a lo largo de los años. Este noveno puesto es un campanazo de alerta para un país de inmensas riquezas y bellezas naturales. Vale la pena aquí recordar las palabras del botánico británico, David Bellamy (cofundador de Conservation Foundation): “Perú es un país con una diversidad sorprendente en términos humanos y biológicos. Es un hecho que posee entre 82% y 84% del mundo biológico. Si pudiéramos salvar al Perú, podríamos rehabilitar el resto del mundo a partir de este país”.

En líneas generales, el Perú goza de un superávit en aquellos atributos que están enraizados en lo que podríamos llamar la identidad misma del país; valores que se hallan representados en la majestuosidad de Machu Picchu —una de las siete nuevas maravillas del mundo—, las Líneas de Nasca o la Ciudad Sagrada de Caral, que con razón concitan la mayor afluencia de los turistas que visitan el Perú.

La mala noticia es que mantenemos un déficit en materia de conservación y preservación tanto del patrimonio histórico mueble e inmueble, como de los espacios naturales que requieren de constante vigilancia. En otras palabras, estamos recogiendo las consecuencias de las invasiones y la destrucción de restos arqueológicos, de la depredación de recursos naturales, de los parques naturales, bosques y otros parajes objeto incluso de daños ecológicos severos. A ello se suma la falta de inversión en esos lugares, en materia de transporte, seguridad, buenos servicios y otras medidas relacionadas con el trato preferencial que merecen los turistas.

Evidentemente, tal desbalance tiene que revertirse. El Perú tiene que ampliar su oferta turística, pero sobre todo aplicar una política coherente que garantice la puesta en valor de aquello que nos diferencia de otros países que con un turismo más genérico y sin las riquezas que nosotros sí poseemos, reciben más visitantes.

Como confirma el Country Brand Index, los turistas que llegan al país no lo hacen en razón de su estupenda gastronomía ni tampoco por lo que Lima puede ofrecerles. El turismo que llega al país viene atraído por lo que los operadores turísticos denominan lo exótico de la oferta peruana.

El Estado, Prom-Perú y el sector privado involucrado deben trabajar en esos indicadores que, probablemente, deberían ser el fundamento de nuestra marca país.

El Comercio, Editorial

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