Santiago Apóstol: El santo de la espada en procesión

San Lucas de Colán es un pueblo cercano al puerto de Paita, en Piura. En sus calientes arenas se levantó la primera iglesia católica en el Perú. Allí se venera a Santiago Apóstol.

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Cuenta la tradición cristiana que en el crepúsculo de un 25 de julio, el apóstol Santiago le pidió al Señor una hora más de sol para vencer a los moros rebeldes y convertirlos. Dios le concedió “la hora 25” y el santo pudo cumplir su cometido. Así lo creen los pobladores de San Lucas de Colán (Piura), quienes durante tres días celebran la fiesta de Santiago con misas, rezos, procesiones, danzas y batallas.

A pesar de que unos malhechores robaron joyas al santo en la víspera, no se opacó el brillo de la fiesta. Durante la misa solemne, el arzobispo de Piura y Tumbes, monseñor José Eguren Anselmi, pidió a los colaneños perdonar y “ser valientes como Santiago” y, sobre todo, a no amedrentarse frente al mal.

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La festividad de Santiago promueve una verdadera integración. Diez mayordomos cubren los gastos de bandas y castillos pirotécnicos; además, proveen de comida y bebida a todos los visitantes. El resto de pobladores se convierten en ‘devotos’ de múltiples necesidades: el enchape de plata del anda, el manto del apóstol, o las gigantografías de la fiesta.

¿Qué les mueve a organizarse con tanto esmero para honrar un santo?, le preguntamos a Miguel Macharé, el ‘devoto de electrificación’. Su respuesta es contundente: “La fe. A mí Santiago me alargó la vida. Quedé muy mal después de un accidente, pero él me salvó”, confiesa.

Hay testimonios similares, de vidas salvadas y curaciones milagrosas. De una fe que no es misticismo ni superstición. En Colán, el fervor religioso se une al espíritu de fiesta.

EL VENCEDOR DE LOS MOROS
El día central amanece con los repiques de la banda San Martín de Tours de Sechura. Todo ha quedado listo para el paseo triunfal del apóstol. Las calles han sido adornadas con coloridos banderines que semejan los rostros de los moros. La procesión se iniciará en el atrio del templo.

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Mientras tanto, Guillermo Ruiz, el joven elegido para personificar al santo, se alista en su casa. Ayudado por sus familiares, se coloca una capa de terciopelo roja con aplicaciones doradas. En el pecho lleva bordada la imagen del cáliz sagrado y en la espalda una fotografía de su padre. Alrededor de su cintura le colocan una faja que sostiene el cuerpo de un caballo de madera. El caballito, le llaman los colaneños. Un espejo redondo en su sombrero simboliza la luz solar que Dios le regaló al santo.

El caballito que interpretará Guillermo es el protagonista de la celebración. A diferencia del otro caballito, el de promesa, su elección es muy rigurosa, pues solo participan del sorteo jóvenes de comprobada vida honesta. Es necesaria, además, una preparación física adecuada para aprender los pasos de la danza y soportar la jornada de baile y lucha.

Acompañado por sus fieles –niños y jóvenes disfrazados de moros– se inicia el recorrido de Santiago Apóstol. El caballito de fiesta ha empezado a danzar al ritmo de la chirimía y el tambor, ejecutados por un músico del pueblo. Guillermo y la imagen se encuentran y sobreviene, entonces, un silencio expectante.

El joven se postra frente al anda para pedir la bendición del apóstol. Su madre toma la palabra, agradece al Señor y anima a Guillermo a honrar la memoria de su fallecido padre. El ambiente se carga de emoción y algunas lágrimas resbalan tras la máscara del caballito de fiesta.

Con la melodía de los instrumentos se retoma la danza, a la que se une también el caballito de promesa. El recorrido culmina a las 3 p.m.. La imagen del santo es colocada en una explanada donde se realizará el combate contra los moros.

Guillermo, entonces, traza una cruz sobre la arena y vuelve a postrarse frente a Santiago Apóstol. Con su machete de madera, el caballito de fiesta se defiende del ataque de los moros. En la otra mano sostiene el broquel, una madera redonda que le sirve de escudo y con la que marca el ritmo de la danza.

Uno a uno, los moros son derrotados en una lucha que dura casi dos horas. Las máscaras de los paganos parecen reflejar el vacío y la angustia de los hombres incrédulos. El público disfruta de esta batalla que no exalta la violencia, sino que recrea la disputa entre el bien y el mal. Finalmente, los moros se rinden y caen al suelo formando una cruz.

En ese momento, todos los danzantes se unen y enarbolan banderas de diferentes países como símbolo de la llamada universal de Cristo. Con una última reverencia, el caballito de fiesta se despide. El hermoso sol de Colán ya se viste de naranja. La hora veinticinco se ha cumplido.

Por: Gloria Huarcaya – El Comercio

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